domingo, 27 de septiembre de 2009

LA AUDIENCIA NACIONAL BUSCA A TRES CRIMINALES DE LAS SS. Gallegos en el infierno nazi

A continuación, coloco una nota sobre el nexo entre la dictadura franquista y el Nazismo de Hitler.
Es importante saber esta parte de la historia, en la que siempre los regímenes totalitarios, son "solidarios" entre si para exterminar a los "diferentes" que no piensan como ellos.
Daniel Barreiro
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Cientos de gallegos vivieron el Holocausto nazi. Exiliados tras la Guerra Civil, huyeron de un horror para meterse en otro y 106 de ellos murieron en Mauthausen. La Audiencia Nacional acaba de ordenar la detención de tres criminales de las SS por sus delitos

Autor:
Eduardo Rolland


Francisco Pena despertaba gritando muchas noches del resto de su vida: «¡Que veñen os alemáns!». Sudoroso y demudado. Nunca pudo olvidar el infierno que vivió de 1940 a 1945, confinado en un campo de exterminio nazi. «Con los amigos, bromeaba, porque reírse al contar ese drama le servía de terapia, pero la verdad era distinta», recuerda el hijo del superviviente. Pena, natural de Cabo de Cruz, fue uno de los cientos de republicanos gallegos que padecieron el Holocausto. De ellos, 106 murieron en Mauthausen. Ahora, 65 años después de aquella pesadilla, la Audiencia Nacional acaba de ordenar la busca y captura de tres criminales de las SS que impusieron el terror en aquel campo.
Para las víctimas gallegas, la justicia llega tarde. No queda con vida ningún superviviente de Mauthausen. El último, Marcelino Pardal, ferrolano y anarquista, falleció el pasado junio en Francia, donde residía desde el fin de la guerra mundial.
Pero, para los familiares, las noticias de la Audiencia son recibidas con alegría. «Es bueno que se haga justicia, aunque mi abuela, que falleció este mismo año, ya no podrá verlo», afirma Fernando Villot, nieto del vigués Agustín Cameselle, uno de los primeros en morir en los campos de exterminio, en 1941. «Mi abuela vivió hasta los 102 años, siempre con miedo», asegura Villot: «Perdió a su marido y luchó por su familia; incluso fue emigrante en Alemania». Esto último es una historia común. Lo raro es que ella era viuda de un hombre asesinado en Mauthausen. Pero ¿cómo terminó allí un vigués de la céntrica calle del Príncipe junto a varios cientos de paisanos?
La historia de los gallegos en el Holocausto comienza en febrero de 1939, cuando largas columnas de refugiados cruzan los Pirineos. Huyendo de una guerra perdida, se encontrarán con el comienzo de otra.
Los republicanos son mal recibidos en Francia. El Gobierno galo decide internarlos en campos como Carcasson, Argelès-Sur-Mer o Septfonds, en condiciones precarias. Muchos son reclutados para trabajar en las Compañías de Trabajadores Extranjeros, destinadas a reforzar la Línea Maginot, la «defensa infranqueable» que en pocos días de 1940 sería aplastada por la Wehrmacht.
Durante la invasión alemana, mueren muchos gallegos. Y los prisioneros pronto se convierten en un problema. Cuando los nazis preguntan al régimen de Franco si desea su devolución, el ministro Serrano Suñer responde: «No nos interesan, no son españoles». En una visita a Berlín, afirma que son apátridas y deja el caso en manos de Himmler.
El director de Mauthausen, Franz Zieireis, diría en el juicio de Núremberg: «Para estos prisioneros recibí órdenes especiales: los españoles ya no debían existir».
Tratados como una incómoda mercancía, se les aplicó el decreto Nacht und Nebel (noche y niebla), nombre en clave para la solución final. Entrarían en el campo y solo podrían salir «por el humo de la chimenea».
El 6 de agosto de 1940 aparece en la estación de Mauthausen el primer tren cargado con prisioneros españoles, muchos de ellos gallegos. Van en el convoy Agustín Cameselle y Francisco Pena. Junto a ellos, vecinos de Bueu como José Fernández Pastoriza o Manuel Rei Cruz; otro vigués: Manuel Fernández Gutiérrez; pontevedreses como Antonio Gómez Torres o Claudio Tizón; y coruñeses como Adriano Castillo Soutelo o Luis Rafales Lamarca.
Sucesivos trenes van descargando presos. El 13 diciembre de 1940 llega el mayor contingente de gallegos. El viaje ha sido terrible. «Los de la Gestapo nos metieron en vagones de carga. Fueron tres días y tres noches encerrados, sin agua ni comida, haciendo nuestras necesidades en un rincón del vagón, que estaba precintado; viajamos entre vómitos y diarreas, sin saber a dónde íbamos», explicaba en sus memorias José Jornet, un catalán que viajaba a bordo.
Pero el viaje no les hizo sospechar la magnitud del horror: «Cuando llegamos al campo, vimos una alta chimenea de la que salían humo y llamaradas. Despedía un olor nauseabundo. Creímos que era el sistema de calefacción», afirma Eugenio Batiste, en su autobiografía El sol se extinguió en Mauthausen.
«Mi abuelo solo resistió diez meses», explica Fernando Villot, nieto de Cameselle: «Mi familia supo de su muerte por una carta de un superviviente exiliado en México, que lo había visto morir en sus brazos».
En Mauthausen, se les tatuó su número de preso, se los vistió con el drilich ?el famoso pijama de rayas? y se los identificó con un triángulo azul y una S, correspondientes a apátrida y a Spanien. Un contrasentido en medio de una locura.
La tortura del campo es conocida. La hemos visto en decenas de películas, sin sospechar que, entre las víctimas, había gallegos. Para todos, lo peor era el Appell, el recuento de prisioneros. Mercedes Núñez Parga, natural de Bergondo, y superviviente de Ravensbruck, se lo contó cientos de veces a su hijo, Pablo Iglesias, un vigués que hoy es el delegado en Galicia de la Amical de Mauthausen, la asociación que honra en España a las víctimas del holocausto. «Mi madre estaba marcada por el Appell. Formaban en el patio, en posición de firmes; estaban entre una y doce horas así. Veían caer a compañeros y no podía ayudarlos; quien moviese la cabeza era apaleado hasta la muerte». El récord fueron 40 horas seguidas, bajo cero, y se saldó con 500 muertos, que iban desplomándose en la formación.
«Por cualquier tontería se los sometía a sesiones de latigazos», explica Pablo Iglesias. «Tenían que contar cada golpe y, si se equivocaban, volvían a empezar», añade.
Mercedes Núñez, que falleció en Vigo en 1986, «sabía contar hasta treinta en alemán». Al igual que el resto de los supervivientes, terminó dominando la lengua de Bach y de Emmanuel Kant.

Fuente: La Voz de Galicia

3 comentarios:

griselda dijo...

Hola Daniel: estoy desorientada yo tengo entendido que en Mathusen murieron 339 y no 106 como dice la nota, hasta tengo el listado con los nombres y apellidos y fecha de defunción. Vos no sabés de donde sale esa información?. Muchas gracias. Griselda.-

Daniel Barreiro dijo...

Griselda, la nota habla de 106 gallegos, pero puede ser que el total de españoles asesinados sean 339, no suena ilógico.
Recuerda que la nota está publicada desde el punto de vista "gallego".
Saludos
Daniel

griselda dijo...

Tenés razón Daniel, muchas gracias.Griselda.-